jueves, 27 de marzo de 2014

Childhood memories, Recuerdos de la infancia

There we were
as every summer
willingly prepared to spend a month in  
isolation
It was heaven. Peace…  
Away from the capital routine,
we could enjoy the smallest detail
running freely  
The air caressing our cheeks
as we walk by the reeds…
and suddenly it was all over.
And there was no air caressing our cheeks any more
but tears fighting to escape their prison
as we went back by force 
to ours.

Escribí el texto en inglés así que personalmente opino que con la traducción pierde mucho (aunque el original sea un cagao también)
Allí estábamos
como cada verano
voluntariamente preparados para pasar un mes
aislados
Era el cielo. Paz…
Lejos de la rutina capital,
disfrutábamos de cada detalle
corriendo libres
El aire acariciando nuestras mejillas
al caminar junto a los juncos…
y de repente se acababa.
Y ya no era el aire lo que acariciaba nuestras mejillas 
si no lágrimas luchando por escapar de su prisión
mientras nosotros volvíamos forzosamente 
a la nuestra. 

domingo, 2 de marzo de 2014

domingo, 3 de febrero de 2013

Presente de Indicativo


Las fotos son algo realmente curioso. Te muestran los momentos más felices que has podido vivir. Vamos, te engañan como a un wombat.
Y es que nadie hace fotos de un momento triste. Obviamente. Pero, claro, aun siendo los momentos más felices o en algunos en los que mejor lo has pasado, evocan sensaciones. Y no siempre son sensaciones de felicidad. Bueno, yo diría que son sensaciones extrañas. Mezclas.
Al principio ves la foto y dices “mira qué felices éramos ahí”. Y te llega la sensación de felicidad porque te acuerdas de ese momento. Luego lo comparas con la realidad y dices “joder, esos años sí que molaban”. Y entonces es cuando te llega la sensación de nostalgia. La RAE dice que eso es “tristeza melancólica”…
Pues nada, ya tienes la mezcla. Parece una receta de cocina.
Lo gracioso es que, aun sabiendo que si ves fotos, te vas a poner melancólica, lo haces. Un momento de aburrimiento. En mi caso, el simple hecho de pasar pelis del ordenador al disco duro externo. Claro, ahí tengo todo y me da por cotillear. Lo peor es que no solo hay fotos… ¡También hay vídeos! En concreto, uno bastante especial.
Ahí es donde decimos “estaremos ahí siempre”; “a los 30 repetimos”. Lo peor es que lo decimos todo confiadas. Dando por hecho que las cosas serán igual. Pero nada; te paras a pensar y dices “anda pero si ya no me hablo con tal Ni con tal... pues sí que hay cambios en la vida vaya mierda a mí me gustaba cuando tenía 10 años y en el pueblo me conformaba con una piedra pa jugar y ahora me aburro hasta de caminar” (nótese el stream of consciousness). Y te das cuenta que el vídeo aquel (del que no hace tanto) ya no sirve pa’ na’…que lo único que queda de él son tu nombre y la música de los Beatles que lo acompañaba (siempre fieles).
Así que nada, aunque has visto 800 fotos de hace 800 años y te han revuelto hasta la última de tus entrañas, sabes que tienes que volver a la realidad y que ya no vas a estar ahí para siempre ni te vas a conformar con sentarte en el banco a jugar a la brisca, porque te aburrirás. Y al final acabas aquí escribiendo, como si alguien lo leyera, que el pasado, pasado está y que hay que seguir para adelante.
“Pero es que el 'adelante' es taaan aburrido y en el pasado me lo pasaba taaaan bien.” Seguramente en el pasado no eras  consciente ni de lo bien que te lo pasabas y pensabas que en el pasado (más pasado aún) te lo pasabas mejor.
Y así es la vida. Una cosas así como con forma de mierda en la que te pasas más pensando en Pasado y Futuro que en Presente. Joder, tía, que a lo mejor Presente es un tío guay, con barba y camisas de cuadros. Fíjate un poquito en él que no hace más que ponerte ojitos. 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Cuando todo cambia


Duele.

Es lo único que se puede decir, aun sabiendo que esa palabra no expresa lo suficiente.

Hasta ahora no te planteabas que las cosas pudieran cambiar de manera tan drástica. Era un “ni contigo ni sin ti”. Sabías que, aunque las cosas eran más difíciles, aún podías contar con lo que siempre habías contado. Nunca pensaste lo que podía suceder; es más, en tu cabeza eso era imposible.

No. Mentira. En realidad, tú sabías que pasaría. Lo sabías. Siempre pasa. Pero, por algún motivo, tu puto subconsciente te engaña. Te dice que no va a pasar. Te dice que todo será perfecto. Te dice lo que quieres que te diga.

Por una serie de circunstancias, las cosas cambian. Y duele. Duele pararte a pensar en lo que pasará a partir de ahora sin contar con lo que siempre habías contado. Duele pensar en las palabras con las que expresarlo. Sin embargo, aquí estás. Buscas las palabras perfectas que sirvan para expresarte y desahogarte. Sientes que este papel es tu paño de lágrimas. Pero no lo es. Escribes… te paras a pensar… escribes… piensas… Y seguirás pensando mucho tiempo.

Intentas buscar la explicación. Un error. Un despiste. Lo peor; eso es lo peor que puedes hacer. Lo sabes y aún así lo haces.

También sabías que eso ocurriría y, aún así, engañada por tu subconsciente, no hiciste nada por remediarlo.

La vida cambia. Tú, aunque no lo quieras, cambias. Ni siquiera te sale una puta lágrima. Duele y ni siquiera eres capaz de llorar. Quizás hace un mes habría dolido más; más de lo que duele ahora. Cambias.

Te enfadas. Te enfadas contigo misma por no remediarlo. Te enfadas porque no puedes llorar. Te enfadas por saber que esto era irremediable.
Odias haber escrito lo que sientes sabiendo que probablemente a los cinco minutos volverás a darle vueltas. Aún así escribes.

Duele y sabes que es inevitable que duela. Lo sabes porque algunos cambios conllevan ese dolor. Lo sabes porque así es la vida.  Porque la vida, aunque cambia, sigue siendo la misma puta de siempre.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Un día como otro cualquiera

O, quizás, no. Bueno, al principio, sí. Te levantas, enciendes la radio, lo flipas un poco escuchando las canciones que ponen y que te molan, desayunas y vas al metro. En el metro cambias al aleatorio. Ahí es cuando lo dejas todo en manos del azar…o no. Ahí es cuando te pones a dar al botoncito de “next” hasta que aparece la canción que va acorde con el día, con tu estado de ánimo, con tu situación…(probablemente una de los Beatles)
Y es que hay días en los que una canción te puede producir uno de mis famosos orgasmos musicales, pero, cuando acaba la canción, sigues sintiendo que vives en la misma mierda de todos los días. Llegas a Plaza Elíptica y te pones a bajar escaleras como si te fuera la vida en ello, corriendo porque llegas tarde y pensando en porqué la gente te mira raro.
Entonces es cuando te paras a pensar cómo sería tu vida si… (el metro es el lugar adecuado para ello) pero, efectivamente, llegas a Ciudad Universitaria y vuelves a la realidad, después de haber viajado por parajes insospechados en el mundo de tu imaginación mientras soportabas las paraditas innecesarias y el calor de la línea 6.
Y así pasas 2 horas y pico de tu vida al día entre ir y venir.
Pero, llegas a clase y están tus compis, recibiéndote con una sonrisa de oreja a oreja. Te sientas y, aunque hay gente que sigue mirándote raro porque según llegas te pones a cantar con María alguna canción del año pum, te das cuenta de que no querrías cambiar tu vida por nada del mundo.
Sí, seguramente, estéis pensando “¿y esta mierdaca para qué?...pues ¡para nada!
Simplemente, para esas personas que veis todos los días y que os hacen pasar de la profunda miseria a la inmensa felicidad con solo una sonrisa o un comentario absurdo como los que solemos hacer los Naked Philols.

Venga…ya dejo de aburrir al personal.

miércoles, 27 de julio de 2011

Pongámosle "Ángel y Leo". Diálogo de Sara Martínez ;)

Bueno, bueno!!Con el permiso de mi chati Cornerstone, voy a publicar una historia que escribí gracias a un diálogo que hizo ella. 
ENJOY THE STORY :D

Eran las diez de la noche. Llovía. La típica tormenta de verano. Sentados en la terraza, veíamos los paraguas de la gente que pasaba. Rojos; verdes… Uno con el Nacimiento de Venus, de Botticelli, captó mi atención. Sonaba música desde dentro de casa. Don’t let me down de The Beatles.
Tenía un cigarro en la mano derecha. Casi me quemaba los dedos. Un botellín de cerveza se resbalaba entre los dedos de mi otra mano. Estaba frío.
A mí mejor amigo, Leo, le acababa de dejar su chica. La zorra de su chica…
- Entonces, ¿se ha terminado?- pregunté. Leo se había fumado un paquete entero. Le temblaban las manos.
- Eso parece, tío- contestó. Miraba un punto fijo. En la calle, una pareja corría a meterse debajo de un portal para no mojarse.
- ¿Para siempre?
- Eso nunca se sabe, Ángel- dijo. Su respuesta fue precipitada. Tanto él como yo sabíamos que lo que quería era volver con ella.
- Sí, se sabe…se sabe cuando ves que, después de muchos intentos poco fortuitos, nada sale adelante y los pocos resquicios de amistad, donde se forjó la relación, han ido desapareciendo- le dije.
- ¿Tú crees?- respondió. Estaba nervioso. Se mordía las uñas. Una de ellas sangraba.
- No sé… ¿Qué crees tú?- pregunté. Leo chupaba la sangre. Le gustaba su sabor desde que éramos pequeños.
- Yo creo que aún no sé NADA, aún cuando pensaba hace apenas unas semanas que lo sabía todo… ¿Es eso posible; pasar del todo a la nada y de la nada a la más profunda indecisión?- preguntó.
- Es posible- contesté.
***
Ya habían pasado dos semanas desde aquella noche. Estábamos en el Retiro. Eran las seis de la tarde y hacía un calor pegajoso. Leo llevó las cervezas. Yo puse el tabaco. Volvíamos a ser dos. Los superhéroes de barrio. Cambiando las capas por unas Converse desgastadas. La ex de Leo era el puto villano.
- ¿Te has parado a pensar alguna vez en que para decir “yo te quiero” o “yo te amo” primero hay que aprender a decir YO? Es esencial encontrarnos a nosotros mismos antes de querer compartirnos con otra persona- le dije. Mi mejor amigo parecía desolado. En sus ojos se notaba un brillo extraño. Eso no pasaba cuando vivíamos aventuras de pequeños. Solo recuerdo ese brillo de una vez: cuando se murió Dylan, su gato.
- Pero yo quería compartirlo todo con ella- respondió con una voz que me partió el corazón e hizo que mi cigarrillo se resbalara de mis dedos. Bebí un trago de cerveza.
- ¿Y cómo vas a compartir algo que aún no tienes?... Todos, desde un principio, estamos perdidos y el camino para encontrarnos a nosotros mismos es largo y muchas veces poco fructífero…no sabemos si puede durar meses, días o años…- dije.
Nos levantamos. Fuimos al metro. Faltaban tres minutos para el siguiente tren.
- ¿Y qué hago para encontrarme?- dijo Leo. Tardé un poco en responder.
- A esa pregunta yo no tengo la respuesta…quizás no la tenga ni para mí mismo…- contesté.
Leo sonrió. Me dio un empujón. Uno de esos empujones que se dan los colegas; los colegas de verdad.

Agradecimientos a Sara por su espléndido diálogo :)